La Moneda

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Imagen: Gobierno de Chile.

sábado, 18 de octubre de 2014

Pentagate y Velasco

Los efectos del Pentagate continúan provocando estragos en la élite política del país. El caso ha puesto en duda el financiamiento de campañas electorales, un aspecto esencial del proceso democrático. Las conclusiones preliminares apuntan a que los aportes reservados han resultado en posibles fraudes al fisco y conflictos de interés entre empresarios y políticos.

No han sido semanas fáciles para el presidente de la UDI, Ernesto Silva. De su colectividad emanan los principales cuestionados (Jovino Novoa, José Antonio Kast, Iván Moreira, Ena von Baer y su ex candidato presidencial, Laurence Golborne), y también lo han puesto a él, como timonel del partido, en una situación compleja: debe liderar y cuidar a los suyos, pero su rango de acción está limitado por el vínculo familiar que tiene con Carlos Alberto Délano.

Afortunadamente para la mesa directiva del gremialismo, lo que pudo haber sido el peor foco del conflicto pasó a segundo plano tras las diligencias que la PDI realizó en la casa de Andrés Velasco.

El nombre de Velasco surgió a partir de las declaraciones del ex ejecutivo de Penta, Hugo Bravo. Después de varios días en silencio, Velasco y su equipo de asesores hicieron pública una declaración que aceptaba la responsabilidad de una relación laboral –tomando la forma de “charlas o servicios específicos”– entre el ex candidato y el grupo Penta. Sin embargo, fueron enfáticos al señalar que no hubo financiamiento del grupo Penta para su candidatura de primarias.

Lo anterior no presupone un problema legal para el ex Ministro de Hacienda. Por lo menos, hasta que un proceso judicial demuestre lo contrario. Velasco tiene –como cualquier otra persona en Chile– el derecho de prestar servicios y recibir una remuneración por los mismos, dentro del marco jurídico existente.

Por lo tanto, el problema de Velasco no es de legalidad, sino de legitimidad. El despliegue mediático del caso ha provocado un daño que aún no podemos cuantificar –pero que sin duda influirá– en la imagen del economista. El resultado crea la noción que Velasco incurrió en las mismas “malas prácticas” que ha denunciado en diversas instancias, y sobre la que se sustenta una parte no menor de su plataforma electoral.

La polémica ha puesto en duda su credibilidad como político. Un hecho particularmente desfavorable dentro de un contexto de candidaturas altamente personalizadas; donde palabras y acciones –entendido como la “imagen” o lo “visible”– pueden llegar a ser más importantes que las ideas –lo programático–  al momento de ser evaluado en una encuesta o al establecer una preferencia electoral.

Las críticas en contra de Velasco fueron inmediatas. No obstante, es interesante observar que los principales cuestionamientos no emanaron de la oposición –la UDI tiene suficientes problemas, mientras que RN espera distanciarse de la “mala imagen” de su socio de coalición–, sino que de la propia Nueva Mayoría.

Velasco es una de las cartas mejor evaluadas por la ciudadanía para representar a la coalición en una futura contienda electoral. Pero la misma valoración a la que tanto anhela un político lo expone aún más a recibir ataques. Así lo ha demostrado el presidente del PS, Osvaldo Andrade, cuyas declaraciones son una señal de la actitud que tomará un sector de la Nueva Mayoría en relación a los actos del candidato independiente.

Por último, es posible identificar al principal beneficiado de los hechos. Sin duda es Marco Enríquez-Ominami, el principal rival de Velasco dentro de la Nueva Mayoría con miras a 2017. Marco, siempre activo y crítico en política, optó por el silencio y recién ayer –en una entrevista– declaró su opinión. Debe estar, sin duda, aprendiendo de los errores de Velasco, mientras ve como la imagen de su adversario se derrumba.